Te veo y no te veo

Sonne_blog01_klImagínate que sales de tu casa, vas a la parada del autobús, que aún tardará unos minutos en llegar, y te sientas a esperar y a leer un rato. Vas un poco tarde a la oficina, así que no hay nadie más a la vista, aunque inmediatamente detrás de la banca en la que estás cómodamente sentado hay una casa de un piso. Notas que sus ventanas no tienen corridas las típicas cortinas semitransparentes que utiliza la gente que vive en plantas bajas para evitar las curiosas miradas de los pasantes, que cada día van y vienen sin dedicar más que un segundo a los habitantes de la morada a sus espaldas.

Vas a sacar tu libro, digital porque eres pasado de moda pero ya te sedujo la comodidad de poder leer lo que te nazca en cualquier momento y has dejado el placer de voltear las hojas para cuando estás en casa, cuando dudas y te preguntas que pensará la gente de la casa de gente como tú, que día a día pasa por delante de su ventana y quizás por educación, o por la prisa, no dispara una rápida mirada al interior de aquel hogar.

En ese momento te sientes observado, quizás no es que haya nadie realmente mirándote, pero el hecho de que podrías ser tú el obervado te hacer sentir un leve cosquilleo en la piel de la nuca. Te das la vuelta y arriesgas una mirada furtiva al interior. Ves una habitación azul claro, sin mayores adornos, nada especial pero agradable, y efectivamente te das cuenta de que no hay nadie en casa, por lo menos no en la parte que da a la calle.

Te sacudes la impresión de que te están viendo y decides que ya está bien de tonterías y sensaciones raras, cuando de detrás de la casa sale un hombre de pelo largo, en jeans y obviamente recién duchado, que se acerca despacio y se sienta, como quien no quiere la cosa, a tu lado sobre la banca.

Por supuesto no le das mayor importancia al asunto, es otro que, como tú, va tarde y espera al autobús, que ahora sí que solo demorará unos minutos en llegar. Pero de nuevo se te mete debajo de la piel una sensación de paranoica incomodidad, como la de antes, cuando pensabas en la ventana, solo que ésta parece emanar del sujeto a tu lado. ¿En qué estará pensando o qué problemas tendrá, que lo hacen parecer tenso y como que no quisiera estar ahí contigo esperando al autobús un lunes por la mañana?

Arriesgas otra mirada y vés que es un hombre ni joven ni mayor, con una camisa a rayas y una chaqueta bastante delgada para el frío que hace. A pesar de que ya es primavera y esa semana han explotado los brotes verdes en la vegetación alrededor de tu casa, todavía te cala el fresco hasta los huesos si te sientas más de uno o dos minutos al aire libre. Ves también que tiene el cabello, que le llega hasta los hombros, engominado y pegado al cráneo y te sonríes interiormente al comprobar tu sospecha de que en esta ciudad pequeña, a las afueras de la otra mucho más grande en la que trabajas, la gente tiene un gusto para arreglarse quizás menos preocupado con aparentar estar a la última. Sacas entonces tu libro, digital y de una marca conocida, y te sientas a leer sin pensar ya más en el asunto.

Es entonces, cuando has dictado tu juicio sobre tu vecino de banca y lo has dejado ahí sentado, pero mentalmente a kilómetros de distancia, que éste se levanta, despacio, igual como se sentó, y como quien no quiere la cosa, da unos pasos tentativos de regreso y, siempre algo tenso e incómodo como había llegado, da la vuelta a la esquina de la casa y desaparece rápidamente.

Te entra entonces la espina de la duda de sí habrá salido a comprobar que eres de fíar. No vayas a ser uno de esos personajes dubiosos de los que escriben en los períodicos, sobre todo con tu pinta de áquella región de donde viene la gente que ha llegado huyendo del horror de la guerra y de la destrucción. Te quedas con la duda y estás a punto de enojarte con él, pero entonces recuerdas que tú también lo encajonaste, con su cabello engominado y su aire de duda, y te preguntas si no hubiera sido mejor saludarlo, dejarle saber que eres un ser humano como él y que también tú dudas y te preguntas como será la gente al otro lado de la ventana. Te dan ganas de haberle dicho que con una palabra puede cambiar todo y os podéis llegar a reconocer el uno en el otro. En eso oyes abrirse la puerta del autobús, que no has oído ni visto llegar, y ves la mirada dubitativa del conductor, que no sabe si estás esperando esa línea o la otra que para ahí y, luego de asentir con la mirada, te apresuras a montarte y ya el trajín diario te atrapa y se lleva la incomodidad, tus dudas y ese encuentro furtivo pero tan revelador.

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